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Fundador (11-2008), editor, director y webmaster: 
Luis Alberto Battaglia.

noviembre 2015
PLAGIOS
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NOVIEMBRE DE 2008 - 25 DE NOVIEMBRE  DE 2015

ENCUESTA

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1 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 1

 

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LOS HERALDOS NEGROS

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Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

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Cesar Vallejo

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2 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 2

 

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YO QUISIERA UNA SOMBRA...

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Yo quisiera una sombra que no fuera la mía,
la de una antigua espada, la de un fino cristal,

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Conrado Nalé Roxlo

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3 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 3

 

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LLUVIA

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La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,

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Federico García Lorca

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4 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 4

 

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EL ALBATROS

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(Traducción Ulises Petit de Murat) 

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Con frecuencia, para divertise, los hombres de las tripulaciones, se apoderan de albatros, vastos pájaros de los mares que siguen, fieles compañeros de viaje, al navío que se desliza sobre los abismos amargos.

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Charles Baudelaire

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5 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 5

 

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FINAL DEL JUEGO

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   Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas, prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá , con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato.

 

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Julio Cortázar

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6 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 6

 

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PROFECÍA

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Me lo dijeron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hace un mes...
Y me quedé tan tranquilo.
Otro cualquiera, en mi caso,
se hubiera echado a llorar;
yo, cruzándome de brazos,
dije que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro,
ni enredarme a maldiciones,
ni de apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casado? ¡Buena suerte!
Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi madre
que no te guardo rencor.
Porque sin ser tu marido
ni tu novio, ni tu amante,
fui aquel que más te ha querido:
¡con eso tengo bastante!
-- ¿Qué tiene el niño, Malena?
Anda como trastornado;
le encuentro cara de pena
y el colorcillo quebrado.
Y ya no juega a la tropa,
ni tira piedras al río,
ni se destroza la ropa
subiéndose a coger nidos.
¿No te parece a ti extraño?
¿No es una cosa muy rara
que un chaval con doce años
lleve tan triste la cara?
Mira que soy perro viejo,
y estás demasiado tranquila.
¿Quieres que te dé un consejo?
Vigila, mujer, vigila...
Y fueron dos centinelas
los ojillos de mi madre.
-- Cuando sale de la escuela
se va pa los olivares.
-- ¿Y qué busca allí?
-- Una niña:
tendrá el mismo tiempo que él
José Miguel no le riñas,
que está empezando a querer...
Mi padre encendió un pitillo,
se enteró bien de tu nombre,
y te compró unos zarcillos,
y a mí, un pantalón de hombre.
Yo no te dije "te adoro",
pero amarré a tu balcón
mi lazo de seda y oro
de primera comunión.
Y tú, fina y orgullosa,
me ofreciste en recompensa
dos cintas color de rosa
que engalanaban tus trenzas.
-- Voy a misa con mis primos.
-- Bueno; te veré en la ermita.
¡Y qué serios nos pusimos
al darnos agua bendita!
Mas, luego, en el campanario,
cuando rompimos a hablar:
dice mi tía Rosario
que la cigüeña es sagrá...
Y el colorín y la fuente,
y las flores, y el rocío,
y aquel torito valiente
que está bebiendo en el río.
Y el bronce de esta campana,
y el romero de los montes,
y aquella raya lejana
que le llaman horizonte.
¡Todo es sagrao! Tierra y cielo,
porque todo lo hizo Dios
-- ¿Qué te gusta más?.
-- Tu pelo
¡Qué bonito le salió!.
Pues, y tu boca, y tus brazos,
y tus manos redonditas,
y tus pies, fingiendo el paso
de las palomas zuritas.
Con la blancura de un copo
de nieve te comparé.
Te revestí de piropos,
de la cabeza a los pies.
A la vuelta te hice un ramo
de pitiminí precioso,
y luego nos retratamos
en el agüita del pozo.
Y hablando de estas pamplinas
que inventan las criaturas,
llegamos hasta la esquina
cogidos de la cintura.
Yo te pregunté:
-- ¿En qué piensas?
Tú dijiste:
-- En darte un beso.
Y yo sentí una vergüenza
que me caló hasta los huesos.
De noche, muertos de luna,
nos vimos en la ventana.
-- Mi hermanito está en la cuna;
le estoy cantando la nana.
"Quítate de la esquina,
chiquito loco,
que mi padre no te quiere
ni yo tampoco".
Y mientras que tú cantabas,
yo inocente, me pensé
que la nana nos casaba
como a marido y mujer.
¡Pamplinas, figuraciones
que se inventan los chavales!
Después la vida se impone:
tanto tienes, tanto vales...
Por eso yo, al enterarme
que estabas un mes casá,
no dije que iba a matarme
sino... ¡que me daba igual!
Mas, como es rico tu dueño,
te brindo esta profecía;
tú, cada noche, entre sueños,
soñarás que me querías,
y recordarás la tarde
que tu boca me besó
y te llamarás ¡cobarde!
como te lo llamo yo.
Y verás, sueña, que sueña,
que me morí siendo chico
y se llevó una cigüeña
mi corazón en el pico...
Pensarás: No es cierto nada;

yo sé que lo estoy soñando.
Pero allá a la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marido
ni tu novio, ni tu amante,
sino... ¡el que más te ha querido!
¡Con eso tengo bastante!

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Rafael de León

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7 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 7

 
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MANUEL (escuchar canción)

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Le llamaban Manuel, 
nació en España, 
su casa era de barro, de barro y caña. 
Las tierras del señor humedecían 
su sudor y su llanto, día tras día.
Mendigo a jornal fijo como él no hubo 
entre olivos y trigos, por un mendrugo. 
Su casa era de barro, de barro y caña, 
le llamaban Manuel , nació en España.
Le llamaban Manuel , nació en España.
Su mundo era otro mundo, tras la montaña.
Del amo eran las tierras, camino abajo
las moras y las flores de los ribazos.
La mula y los arreos, el pan y el vino,
los árboles, las piedras y los caminos.
Su mundo era otro mundo, tras la montaña,
le llamaban Manuel , nació en España.
Le llamaban Manuel , nació en España,
ella guardaba un hijo en sus entrañas.
Nunca nada fue suyo, nada tuvieron,
por eso lloro tanto cuando murieron.
Él con sus propias manos cavó una fosa
sepultando sus sueños junto a la esposa.
Ella guardaba un hijo en sus entrañas,
le llamaban Manuel , nació en España.
Le llamaban Manuel , nació en España,
le vieron alejarse una mañana.
Del amo era el olivo donde lo hallaron
y la soga de esparto que desataron.
Y el pedazo de tierra donde hoy se pudre
y el trigo que en la tierra se tumba cubre.
La vieron alejarse una mañana.
Le llamaban Manuel, nació en España.

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Joan Manuel Serrat

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8 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 8

 
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RECUERDO INFANTIL

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Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo el coro infantil
va cantando la lección:
"mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón."

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

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Antonio Machado

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9 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 9

 
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MUJER NADA ME HAS DADO

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Nada me has dado y para tí mi vida
deshoja su rosal de desconsuelo,
porque ves estas cosas que yo miro,
las mismas tierras y los mismos cielos,

porque la red de nervios y de venas
que sostiene tu ser y tu belleza
se debe estremecer al beso puro
del sol, del mismo sol que a mi me besa.

Mujer, nada me has dado y sin embargo
a través de tu ser siento las cosas:
estoy alegre de mirar la tierra
en que tu corazón tiembla y reposa.

Me limitan en vano mis sentidos
-dulces flores que se abren en el viento-
porque adivino el pájaro que pasa
y que mojó de azul tu sentimiento.

Y sin embargo no me has dado nada,
no se florecen para mi tus años,
la cascada de cobre de tu risa
no apagará la sed de mis rebaños.
Hostia que no probó tu boca fina,
amador del amado que te llame,
saldré al camino con mi amor al brazo
como un vaso de miel para el que ames.

Ya ves, noche estrellada, canto y copa
en que bebes el agua que yo bebo,
vivo en tu vida, vives en mi vida,
nada me has dado y todo te lo debo.

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Pablo Neruda

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---Ediciones Battaglia---

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10 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 10

 
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MUCHACHA OJOS DE PAPEL -escuchar canción-

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Muchacha ojos de papel,
¿adónde vas? Quédate hasta el alba.
Muchacha pequeños pies,
no corras más. Quédate hasta el alba.
Sueña un sueño despacito entre mis manos
hasta que por la ventana suba el sol.
Muchacha piel de rayón,
no corras más. Tu tiempo es hoy.
Y no hables más, muchacha
corazón de tiza.
Cuando todo duerma
te robare un color.
Muchacha voz de gorrión,
¿adonde vas? Quédate hasta el día.
Muchacha pechos de miel,
no corras más. Quedate hasta el día.
Duerme un poco y yo entretanto construiré
un castillo con tu vientre hasta que el sol,
muchacha, te haga reír
hasta llorar, hasta llorar.
Y no hables más, muchacha
corazón de tiza.
Cuando todo duerma
te robaré un color.
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Luis Alberto Spinetta

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11 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 11

 
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TE QUIERO (escuchar recitado)

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Tus manos son mi caricia 
mis acordes cotidianos 
te quiero porque tus manos 
trabajan por la justicia 

si te quiero es porque sos 
mi amor mi cómplice y todo 
y en la calle codo a codo 
somos mucho más que dos 

tus ojos son mi conjuro 
contra la mala jornada 
te quiero por tu mirada 
que mira y siembra futuro 

tu boca que es tuya y mía 
tu boca no se equivoca 
te quiero porque tu boca 
sabe gritar rebeldía 

si te quiero es porque sos 
mi amor mi cómplice y todo 
y en la calle codo a codo 
somos mucho más que dos 

y por tu rostro sincero 
y tu paso vagabundo 
y tu llanto por el mundo 
porque sos pueblo te quiero 

y porque amor no es aureola 
ni cándida moraleja 
y porque somos pareja 
que sabe que no está sola 

te quiero en mi paraíso 
es decir que en mi país 
la gente viva feliz 
aunque no tenga permiso 

si te quiero es porque sos 
mi amor mi cómplice y todo 
y en la calle codo a codo 
somos mucho más que dos.

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Mario Bededetti

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12 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 12

 
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NO TE SALVES (escuchar recitado)

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No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgano
no te salves ahora
ni nunca
      no te salves

no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios 
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
        pese a todo

no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgano
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
                   entonces

no te quedes conmigo.

***

Mario Bededetti

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13 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 13

 
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EL HOMBRECITO DEL AZULEJO

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   Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:

   ­Esta noche será la crisis.

   ­Sí ­responde el doctor Eduardo Wilde­ ; hemos hecho cuanto pudimos.

   ­Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...

   Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.

   Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna emblanquece, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.

   El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente, el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.

   Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.

   ­¡Martinito! ¡Martinito!

   El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.

   Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.

   Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.

   El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente imnóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.

   Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y a gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.

   Ni un rumor se oye en la casa. E1 ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora v sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.

   Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.

   La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.

   La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.

   ­Madame la Mort...

   A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al pabellón que cubre el altar de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.

   ­Madame la Mort...

   La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.

   ­Al fin (reflexiona la huesuda señora) pasa algo distinto. Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla ­los gatos, los perros, los ratones­ huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto ­los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas­ fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.

   Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?

   La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.

   Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida v que si se lo permite la divertirá, y antes que ellá le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...

   La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.

   Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.

   Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reir a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba le produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.

   La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.

   ­Y además... ­prosigue el hombrecito del azulejo.

   Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue v lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.

   ­Él se ha salvado ­castañetean los dientes amarillos de la Muerte­, pero tú morirás por él.

   Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.

   Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en Ia Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.

   Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.

   El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un dia vienen a Ia casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero aIgo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:

   ­¡Ahí va algo, abarájenlo!

   Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.

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Manuel Mujica Lainez

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14 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 14

 
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PRIMERO VINIERON...

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Primero vinieron los nazis a buscar a los comunistas, no protesté, porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.

Luego vinieron por los católicos y también callé, porque yo era protestante.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no hablé, porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a buscarme a mí, para entonces, ya era tarde, ya no había nadie que pudiera protestar.

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Martin Niemoller

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15 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 15

 
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RIMA XLII

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Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma.
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor.... Con pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...
Me hacía un gran favor... Le di las gracias.

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Gustavo Adolfo Bécquer

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16 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 16

 
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LA HIGUERA

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Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella lo escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!

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Juana de Ibarbourou

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17 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 17

 
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ESTAR ENAMORADO...

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Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida.
Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa.
Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.
Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.
Es respirar el ancho viento que por encima de la carne se respira.
Es contemplar desde la cumbre de la persona la razón de las heridas.
Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.
Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.
Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.
Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado, amigos, es descubrir dónde se juntan cuerpo y alma.
Es percibir en el desierto la cristalina voz de un río que nos llama.
Es ver el mar desde la torre donde ha quedado prisionera nuestra infancia.
Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de cigüeñas y campanas.
Es ocupar un territorio donde conviven los perfumes y las armas.
Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo recibirla de su espada.
Es confundir el sentimiento con una hoguera que del pecho se levanta.
Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo ser esclavo de la llama.
Es entender la pensativa conversación del corazón y la distancia.
Es encontrar el derrotero que lleva al reino de la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos, es adueñarse de las noches y los días.
Es olvidar entre los dedos emocionados la cabeza distraída.
Es recordar a Garcilaso cuando se siente la canción de una herrería.
Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las primeras golondrinas.
Es ver la estrella de la tarde por la ventana de una casa campesina.
Es contemplar un tren que pasa por la montaña con las luces encendidas.
Es comprender perfectamente que no hay fronteras entre el sueño y la vigilia.
Es ignorar en qué consiste la diferencia entre la pena y la alegría.
Es escuchar a medianoche la vagabunda confesión de la llovizna.
Es divisar en las tinieblas del corazón una pequeña lucecita.

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio y tiempo con dulzura.
Es despertarse una mañana con el secreto de las flores y las frutas.
Es libertarse de sí mismo y estar unido con las otras criaturas.
Es no saber si son ajenas o son propias las lejanas amarguras.
Es remontar hasta la fuente las aguas turbias del torrente de la angustia.
Es compartir la luz del mundo y al mismo tiempo compartir su noche oscura.
Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna.
Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea de ser hombre es menos dura.
Es empezar a decir siempre, y en adelante no volver a decir nunca.
Y es, además, amigos míos, estar seguro de tener las manos puras.

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Francisco Luis Bernárdez

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18 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 18

 
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CASTIGO

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¡Yo te juré mi amor sobre una tumba,
sobre su mármol santo!
¿Sábes tú las cenizas de qué muerta
conjuré temerario?
¿Sábes tú que los hijos de mi temple
saludan ese mármol,
con la faz en el polvo y sollozantes
en el polvo besando?
¿Sábes tú las cenizas de qué muerta
mintiendo, has profanado?
¡No los quieras oír, que tus oídos
ya no son un santuario!
¡No los quieras oír como hay rituales
secretos y sagrados,
hay tan augustos nombres que no todos
son dignos de escucharlos!
Yo te di un corazón joven y justo
¡por qué te lo habré dado!
¡Lo colmaste de besos, y una noche
te dio por devorarlo!
Y con ojos serenos... ¡El verdugo,
que cumple su mandato,
solicita perdón de las criaturas
que inmolará en el tajo!...
¡Tú le viste, serena, indiferente,
gemir agonizando,
mientras tu roja sangre enrojecía
tus mejillas de nardo!
Y tus ojos ¡mis ojos de otro tiempo
que me temían tanto!...
Ni una perla tuvieron, ni una sola:
¡eres de nieve y mármol
¿Acaso el que me roba tus caricias
te habrá petrificado?
¿Acaso la ponzoña de Leteo
te inyectó a su contacto?
¿O pretendes probarme en los crisoles
de los celos amargos,
y me vas a mostrar cuánto me quieres,
después entre tus brazos?
¡No se prueban así con ignominias,
corazones hidalgos!
¡No se templa el acero damasquino
metiéndolo en el fango!
Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas,
hasta rozar los astros:
tócale a mi venganza de poeta,
¡dejarte abandonada en el espacio!
***

Pedro Palacios (Almafuerte)

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19 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 19

 
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LA SOLEDAD (escuchar canción)
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La soledad es algo así
como buscar y no tener
con quién estar.
La soledad es algo así
como querer y no saber
por qué llorar.
Es un amante en el andén
que mueve el brazo tras el tren
como intentando dibujar
su soledad.
Es ver la lluvia descender
sobre la calle y no tener
ninguna historia que contar
ni que olvidar.
Es como andar sin conocer
algún lugar donde dejar
a que distancia alguna vez
la soledad.

Mi soledad tiene el color
oscuro y triste del amor
que no duró.
Un vano intento de vivir
una sonrisa que una mueca
me dejó.
Soy ese amante del andén
que muevo el brazo tras el tren
como intentando dibujar
mi soledad.
Bajo la lluvia tengo sed
de ir a buscarte más allá
para que puedas conocer
mi soledad.
Y sigo andando sin tener
ningún lugar donde dejar
las hojas secas de la fe...
mi soledad.
***

Alberto Cortez

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---Ediciones Battaglia---

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20 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 20

 
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EL ALAZÁN

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Era una cinta de fuego, 
galopando, galopando.
Crin revuelta en llamaradas, 
mi alazán te estoy nombrando.

Trepó las sierras con luna, 
cruzó los valles nevando.
Cien caminos anduvimos, 
mi alazán te estoy nombrando.

Oscuro lazo de niebla 
te pialó junto al barranco. 
¿Cómo fue que no lo viste, 
qué estrella andabas mirando?.

Y en el fondo del abismo, 
ni una voz para nombrarlo. 
Solito se fue muriendo, 
mi caballo, mi caballo.

En una horqueta del tala 
hay un morral solitario, 
y hay un corral sin relinchos, 
mi alazán te estoy nombrando.

Si como dicen algunos, 
hay cielos pal' buen caballo, 
por ahí andará mi flete, 
galopando, galopando.

Oscuro lazo de niebla 
te pialó junto al barranco. 
¿Cómo fue que no lo viste, 
qué estrella andabas mirando?.

Y en el fondo del abismo, 
ni una voz para nombrarlo. 
Solito se fue muriendo, 
mi caballo, mi caballo.
***

Atahualpa Yupanqui

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21 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 21

 
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FRAGMENTO DE "LA VIDA ES SUEÑO"

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¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! 

Apurar, cielos, pretendo, 
ya que me tratáis así 
que delito cometí 
contra vosotros naciendo; 
aunque si nací, ya entiendo 
qué delito he cometido. 
Bastante causa ha tenido 
vuestra justicia y rigor; 
pues el delito mayor 
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber 
para apurar mis desvelos 
(dejando a una parte, cielos, 
el delito de nacer), 
qué en más os pude ofender 
para castigarme más. 
¿No nacieron los demás? 
Pues si los demás nacieron, 
¿qué privilegios tuvieron 
qué yo no gocé jamás? 

Nace el ave, y con las galas 
que le dan belleza suma, 
apenas es flor de pluma 
o ramillete con alas, 
cuando las etéreas salas 
corta con velocidad, 
negándose a la piedad 
del nido que deja en calma; 
¿y teniendo yo más alma, 
tengo menos libertad? 

Nace el bruto, y con la piel 
que dibujan manchas bellas, 
apenas signo es de estrellas 
(gracias al docto pincel), 
cuando, atrevida y crüel 
la humana necesidad 
le enseña a tener crueldad, 
monstruo de su laberinto; 
¿y yo, con mejor instinto, 
tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira, 
aborto de ovas y lamas, 
y apenas, bajel de escamas, 
sobre las ondas se mira, 
cuando a todas partes gira, 
midiendo la inmensidad 
de tanta capacidad 
como le da el centro frío; 
¿y yo, con más albedrío, 
tengo menos libertad? 

Nace el arroyo, culebra 
que entre flores se desata, 
y apenas, sierpe de plata, 
entre las flores se quiebra, 
cuando músico celebra 
de las flores la piedad 
que le dan la majestad 
del campo abierto a su huida; 
¿y teniendo yo más vida 
tengo menos libertad? 

En llegando a esta pasión, 
un volcán, un Etna hecho, 
quisiera arrancar del pecho 
pedazos del corazón. 
¿Qué ley, justicia o razón, 
negar a los hombres sabe 
privilegio tan süave, 
excepción tan principal, 
que Dios le ha dado a un cristal, 
a un pez, a un bruto y a un ave? 
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Pedro Calderón de la Barca

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22 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 22

 
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NIÑOS EN UNA CALLE DE CAMPO

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   Oía pasar los coches ante la verja del jardín. A veces también los veía por los intersticios de la enramada movidos lentamente. ¡Cómo crujía en el cálido verano la madera de sus rayos y lanzas! Algunos trabajadores volvían de los campos y reían que era una vergüenza.
   Me sentaba en nuestra pequeña hamaca. Descansaba estirado entre los árboles, en el jardín de mis padres.
   Ante la reja eso parecía no querer acabar. En sólo un momento pasaban unos niños a la carrera; carros graneros con hombres y mujeres arriba y en derredor de las gavillas oscurecían los canteros de flores. Hacia el anochecer veía a un señor con bastón que salía a pasear; y dos chicas que venían tomadas del brazo en dirección opuesta lo saludaban, desviándose por el pasto del costado.
   Después reventaba en el cielo un chisporroteo de pájaros. Yo los seguía con la mirada. Veía cómo de golpe subían, hasta que me parecía no ya que ellos subían sino que yo caía y, un poco por debilidad, empezaba lentamente a columpiarme asiéndome con fuerza de las cuerdas. Pronto comenzaba a hamacarme con más fuerzas, cuando el aire soplaba ya más fresco y en lugar de pájaros en vuelo aparecían temblorosas estrellas.
   Hacía mi cena a la luz de una vela. A menudo ponía los dos brazos sobre la plancha de madera y, ya cansado, mordía algo de mi cena fría. El cálido viento henchía las ya bastante rotas cortinas, y a veces alguno que pasaba por afuera, si quería verme mejor o hablar conmigo, las sujetaba con las manos. Por lo general la vela se consumía pronto, y los mosquitos que allí se habían reunido seguían todavía dando vueltas en el oscuro humo de la vela. Si alguno me hacía una pregunta, lo miraba como si mirase hacia las montañas o al vacío, y tampoco a él le importaba gran cosa lo que yo le contestase.
   Si alguno saltaba entonces sobre el antepecho de la ventana y avisaba que los otros estaban ya ante la casa, yo me levantaba, y por cierto que lo hacía suspirando.
   "Bueno. ¿Y por qué suspiras así? ¿Qué ha ocurrido pues? ¿Alguna desgracia especial, irreparable? ¿Jamás nos podremos reponer de ello? ¿Está realmente todo perdido?"
   Nada se había perdido.
   Caminábamos ante la casa.
   "¡Gracias a Dios! ¡Por fin han llegado ustedes!"
   "¡Llegas siempre con evidente retraso!"
   "¿Cómo, que yo...?"
   "Sí. Tú. ¡Si no quieres acompañarnos, quédate en casa!"
   "¡No perdonan una!"
   "¿Cómo? ¿Que no perdonamos una? ¿Qué estás diciendo?"
   Nos zambullíamos de cabeza en el atardecer. El día y la noche no existían. Tan pronto se entrechocaban como dientes los botones de nuestros chalecos, tan pronto corríamos regularmente espaciados, echando fuego de la boca, como bestias de los trópicos. Como antiguos coraceros de las viejas guerras, pateábamos el suelo y nos elevábamos en el aire, juntos bajábamos corriendo la corta callejuela, y con ese mismo impulso en las piernas subíamos por la carretera. Uno que otro se metía en las zanjas junto a la calle, y apenas habían desaparecido tras el oscuro declive estaban ya parados en el sendero de arriba, como gente de afuera y miraban abajo.
   "¡Bajen, hombre!"
   "¡Suban ustedes primero!"
   "¿Para que nos echen abajo? No nos parece. Tan tontos no somos."
   "¡Tan cobardes, querrán decir! ¡Vengan, nomás! ¡Vengan!"
   "¿Sí, eh? ¿Ustedes? ¡Justamente ustedes quieren echarme abajo! ¡Qué bonito!"
   Atacábamos. Nos daban un empellón en el pecho y caíamos, pues, con gusto, y nos estirábamos en el pasto de la zanja. Todo estaba a la misma temperatura; en el pasto no sentíamos frío ni calor, solamente cansancio. Si uno se volvía sobre el costado derecho y metía la mano bajo la oreja, sentía ganas de dormirse. Cierto es que uno intentaba rehabilitarse, volver a levantar el copete, pero era sólo para caer en una zanja más honda. Entonces, con el brazo extendido y agitando las piernas oblicuamente, intentaba uno lanzarse al aire, pero era para volver a caer con toda seguridad en una zanja todavía más honda. Y habríamos querido no terminar nunca. ¡Qué extraordinariamente bien se podía uno estirar (sobre todo estirar las rodillas) para dormir en la última zanja!... en eso apenas si pensaba uno, y estaba tirado, dispuesto a echarse a llorar, como un enfermo que se lleva a cuestas. Uno parpadeaba, cuando algún muchacho, apretados los codos contra las caderas, oscuras sus suelas sobre nosotros, saltaba del declive a la calle.
   Uno veía a la Luna ya a cierta altura; a su luz pasaba algún coche del correo. De todos lados se levantaba un viento leve; también en la zanja uno lo sentía, y en las cercanías el bosque comenzaba a susurrar. Entonces a uno no le importaba tanto no estar solo.
   "¿Dónde están ustedes?"
   "¡Vengan!"
   "¡Juntémonos todos!"
   "¿Por qué te escondes? ¡Déjate de tonterías!"
   "¿No saben ustedes que el correo ya pasó?"
   "¿Pero cómo? ¿Ya pasó?"
   "Naturalmente. Pasó mientras dormías."
   "¿Que yo dormía? ¡No me vengas con eso!"
   "¡Cállate! ¡Si se te nota en la cara!"
   "¡Pero, por favor!"
   "¡Vamos!"
   Corríamos más apretados. Algunos se tomaban de la mano. No podíamos mantener la cabeza suficientemente erguida, porque el camino bajaba. Alguno soltaba un grito de guerra indio. Un galope enloquecido se nos metía en las piernas; al saltar, el viento nos alzaba por las caderas. Nada podría habernos detenido. Estábamos tan embalados en la carrera, que hasta cuando nos pasábamos podíamos cruzar los brazos y mirar en torno. 
En el puente del torrente nos parábamos; los que habían seguido corriendo volvían. Abajo el agua golpeaba en piedras y raíces como si no hubiese ya anochecido. No había ninguna razón para que alguno de nosotros no saltase por sobre la baranda del puente.
   A lo lejos, detrás de los matorrales, pasaba un tren. Todos los coches estaban iluminados, seguramente las ventanillas de vidrio habían sido bajadas. Alguno de nosotros empezaba a entonar alguna cancioncilla popular de moda, pero todos queríamos cantar. Cantábamos mucho más rápido de lo que el tren corría; balanceábamos los brazos porque no nos bastaban las voces; con ellas armábamos un entrevero en el que nos sentíamos muy a gusto. Cuando uno mezcla su voz con otras es como si lo hubiesen pescado con un anzuelo. 
   Así cantábamos en los oídos de los lejanos viajeros del bosque que teníamos a nuestras espaldas. En el pueblo, los mayores estaban todavía despiertos; las madres preparaban las camas para la noche.
   Había llegado la hora. Besaba al que estaba a mi lado; a los otros tres que estaban más cerca les daba solamente la mano. Empezaba a hacer el camino de vuelta. Ninguno me llamaba. En el primer cruce, donde ya no me podían ver, doblaba, y tomando algún sendero volvía al bosque. Echaba a andar hacia la ciudad, que queda al Sur, y de la que en nuestro pueblo decían:
   "¡Allí sí que hay gente rara! ¡Imagínense... No duermen!"
   "¿Y por qué no?"
   "Porque no se cansan."
   "¿Y por qué no?"
   "Porque son locos."
   "¿Los locos no se cansan?"
   "¿Cómo van a cansarse los locos?"
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Franz Kafka

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23 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 23

 
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EL HOMBRE MUERTO

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   El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
   Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
   El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...?
   No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
   Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
   El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
   ¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
   ¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
   El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
   ¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
   ...Muy fatigado, pero descansa sólo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
   ¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
   ...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.
   Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.
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Horacio Quiroga

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24 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 24

 
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ERA UNA AIRE SUAVE...

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Era un aire suave, de pausados giros; 
el hada Harmonía ritmaba sus vuelos; 
e iban frases vagas y tenues suspiros 
entre los sollozos de los violoncelos. 

Sobre la terraza, junto a los ramajes, 
diríase un trémolo de liras eolias 
cuando acariciaban los sedosos trajes 
sobre el tallo erguidas las blancas magnolias. 

La marquesa Eulalia risas y desvíos 
daba a un tiempo mismo para dos rivales, 
el vizconde rubio de los desafíos 
y el abate joven de los madrigales. 

Cerca, coronado con hojas de viña, 
reía en su máscara Término barbudo, 
y, como un efebo que fuese una niña, 
mostraba una Diana su mármol desnudo. 

Y bajo un boscaje del amor palestra, 
sobre rico zócalo al modo de Jonia, 
con un candelabro prendido en la diestra 
volaba el Mercurio de Juan de Bolonia. 

La orquesta perlaba sus mágicas notas, 
un coro de sones alados se oía; 
galantes pavanas, fugaces gavotas, 
cantaban los dulces violines de Hungría. 

Al oír las quejas de sus caballeros 
ríe, ríe, ríe, la divina Eulalia, 
pues son su tesoro las flechas de Eros, 
el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia. 

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja! 
¡Ay de quien del canto de su amor se fíe! 
Con sus ojos lindos y su boca roja, 
la divina Eulalia ríe, ríe, ríe. 

Tiene azules ojos, es maligna y bella; 
cuando mira vierte viva luz extraña: 
se asoma a sus húmedas pupilas de estrella 
el alma del rubio cristal de Champaña. 

Es noche de fiesta, y el baile de trajes 
ostenta su gloria de triunfos mundanos. 
La divina Eulalia, vestida de encajes, 
una flor destroza con sus tersas manos. 

El teclado harmónico de su risa fina 
a la alegre música de un pájaro iguala, 
con los staccati de una bailarina 
y las locas fugas de una colegiala. 

¡Amoroso pájaro que trinos exhala 
bajo el ala a veces ocultando el pico; 
que desdenes rudos lanza bajo el ala, 
bajo el ala aleve del leve abanico! 

Cuando a medianoche sus notas arranque 
y en arpegios áureos gima Filomela, 
y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque 
como blanca góndola imprima su estela, 

la marquesa alegre llegará al boscaje, 
boscaje que cubre la amable glorieta, 
donde han de estrecharla los brazos de un paje, 
que siendo su paje será su poeta. 

Al compás de un canto de artistas de Italia 
que en la brisa errante la orquesta deslíe, 
junto a los rivales la divina Eulalia, 
la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe. 

¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia, 
sol con corte de astros, en campos de azur? 
¿Cuando los alcázares llenó de fragancia 
la regia y pomposa rosa Pompadour? 

¿Fue cuando la bella su falda cogía 
con dedos de ninfa, bailando el minué, 
y de los compases el ritmo seguía 
sobre el tacón rojo, lindo y leve el pie? 

¿O cuando pastoras de floridos valles 
ornaban con cintas sus albos corderos, 
y oían, divinas Tirsis de Versalles, 
las declaraciones de sus caballeros? 

¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores, 
de amantes princesas y tiernos galanes, 
cuando entre sonrisas y perlas y flores 
iban las casacas de los chambelanes? 

¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía? 
Yo el tiempo y el día y el país ignoro, 
pero sé que Eulalia ríe todavía, 
¡y es cruel y eterna su risa de oro! 
***

Rubén Darío

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25 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 25

 
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OLAS GRISES

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Llueve en el mar con un murmullo lento.
La brisa gime tanto, que da pena.
El día es largo y triste. El elemento
duerme el sueño pesado de la arena. 

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
que la muerte es así... que así es la vida. 

Sigue lloviendo. El día es triste y largo.
En el remoto gris se abisma el ser.
Llueve... Y uno quisiera, sin embargo,
que no acabara nunca de llover. 

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Leopoldo Lugones

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26 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 26

 
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GARRID

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Viendo a Garrid, actor de la Inglaterra,
el pueblo al aclamarlo le decía:
eres el más gracioso de la tierra,
el más feliz. Y el cómico reía.
Víctimas de su splint, los altos lores
en las noches negras y calladas,
iban a ver al rey de los actores,
y cambiaban su splint por carcajadas.

Mas presentose un día ante un médico famoso, 
hombre de mirar sombrío,
sufro (le dijo) un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.
nada me causa encanto ni atractivo,
no me importa mi nombre ni mi suerte,
es mi única pasión la de la muerte,
y en un eterno splint muriendo vivo.

- Viaja y os distrareis
- Tanto he viajado!!
- Las lecturas buscad
- Mucho he leído!!
- Que os ame una mujer
- Si soy amado!!
- Un título adquirid
- Noble he nacido.
- Pobre sereis quizás?
- Tengo riquezas.
- De lisonjas gustáis?
- Tantas escucho.
- Qué tenéis de familia?
- Mis tristezas.
- Vais a los cementerios?
- Mucho.......Mucho.......

-De vuestra vida actual tenéis testigos? 
-Si, mas no dejo que me impongan yugos,
yo los llamo a los muertos mis amigos
y a los vivos los considero mis verdugos.

-Me deja, agregó el médico, 
perplejo vuestro mal 
mas no has de acobardaos,
tomad hot por receta este consejo
solo viendo a "Garrid", podéis curaos.
él si, nada más él; la más remisa 
y austera sociedad le busca ansiosa
todo aquel que lo ve, muere de risa.
Tiene una gracia artística asombrosa
-¿Y a mi me hará reír??
-Ah... sí os lo juro
Garrid, sólo Garridl, más ¿que os inquieta?
- Así no me curaré (dijo el enfermo)
yo soy Garrid, 
cambiadme la receta

¡Cuántos hay que cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír cual el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!
¡Ay, cuantas veces al reír se llora,
nadie en lo alegre de la vida fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma llora y el rostro ríe.

Si se muere la fé, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste... la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que la vida son tristes mascaradas
Aquí aprendemos a reír de llanto,
y también a llorar con carcajadas.

***

Juan De Dios Peza

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27 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 27

 
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UMBRÍO POR LA PENA...

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Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!
***

Miguel Hernández

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28 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 28

 
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POEMA DE LOS DONES

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Nadie rebaje a lágrima o reproche 
esta declaración de la maestría 
de Dios, que con magnífica ironía 
me dio a la vez los libros y la noche. 

De esta ciudad de libros hizo dueños 
a unos ojos sin luz, que sólo pueden 
leer en las bibliotecas de los sueños 
los insensatos párrafos que ceden 

las albas a su afán. En vano el día 
les prodiga sus libros infinitos, 
arduos como los arduos manuscritos 
que perecieron en Alejandría. 

De hambre y de sed (narra una historia griega) 
muere un rey entre fuentes y jardines; 
yo fatigo sin rumbo los confines 
de esta alta y honda biblioteca ciega. 

Enciclopedias, atlas, el Oriente 
y el Occidente, siglos, dinastías, 
símbolos, cosmos y cosmogonías 
brindan los muros, pero inútilmente. 

Lento en mi sombra, la penumbra hueca 
exploro con el báculo indeciso, 
yo, que me figuraba el Paraíso 
bajo la especie de una biblioteca. 

Algo, que ciertamente no se nombra 
con la palabra azar, rige estas cosas; 
otro ya recibió en otras borrosas 
tardes los muchos libros y la sombra. 

Al errar por las lentas galerías 
suelo sentir con vago horror sagrado 
que soy el otro, el muerto, que habrá dado 
los mismos pasos en los mismos días. 

¿Cuál de los dos escribe este poema 
de un yo plural y de una sola sombra? 
¿Qué importa la palabra que me nombra 
si es indiviso y uno el anatema? 

Groussac o Borges, miro este querido 
mundo que se deforma y que se apaga 
en una pálida ceniza vaga 
que se parece al sueño y al olvido.
***

Jorge Luis Borges

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29 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 29

 
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CASTILLOS EN EL AIRE

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Quiso volar, igual que las gaviotas,
libre en el aire, por el aire libre
y los demás dijeron ""¡pobre idiota,
no sabe que volar es imposible!"".
Mas extendió las alas hacia el cielo
y poco a poco, fue ganando altura
y los demás quedaron en el suelo
guardando la cordura.
Y construyó, castillos en aire
a pleno sol, con nubes de algodón,
en un lugar adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.
Y construyó ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocó al duende de las cosas
que tienen mucho que ver con el amor.
En los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
No vaya a ser que fuera contagioso
tratar de ser feliz de aquella forma.
La conclusión, es clara y contundente,
lo condenaron por su chifladura
a convivir de nuevo con la gente,
vestido de cordura.
Por construir castillos en el aire
a pleno sol, con nubes de algodón
en un lugar, adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.
Y por abrir ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocar al duende de las cosas
que tienen mucho que ver con el amor.
Acaba aquí la historia del idiota
que por el aire, como el aire libre,
quiso volar igual que las gaviotas...
pero eso es imposible...

https://www.youtube.com/watch?v=yD6W0RDoNQs 

***

Alberto Cortez

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---Ediciones Battaglia---

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30 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 30

 
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CANCIÓN DE LA SIMPLES COSAS

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Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño muere por sus hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.

Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.

https://www.youtube.com/watch?v=mh_kc7nsB58 

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Armando Tejada Gómez - César Isella

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31 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 31

 
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LA PEQUEÑA LLAMA

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Yo siento por la luz un amor de salvaje.
Cada pequeña llama me encanta y sobrecoge.
¿No será, cada lumbre, un cáliz que recoge
El calor de las almas que pasan en su viaje?

Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas,
Lo mismo que las almas taciturnas y buenas.
Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas.
Hay otras casi rojas: espíritus de rosas.

Yo respeto y adoro la luz como si fuera
Una cosa que vive, que siente, que medita,
Un ser que nos contempla transformado en hoguera.

Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado
Una pequeña llama de dulzura infinita
Para tus largas noches de amante desolado.
***

Juana de Ibarbourou

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32 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 32

 
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SUEÑO DE BARRILETE

***
Prestale tu piolín a los pebetes,
que nadie remontó mejor
mi barrilete.

Desde chico ya tenía en el mirar
esa loca fantasía de soñar,
fue mi sueño de purrete
ser igual que un barrilete
que elevándose entre nubes
con un viento de esperanzas sube, y sube.
Y crecí en ese mundo de ilusión,
y escuché sólo a mi propio corazón,
mas la vida no es juguete
y el lirismo es un billete
sin valor.

Yo quise ser un barrilete
buscando altura en mi ideal,
tratando de explicarme
que la vida es algo más
que darlo todo por comida.
Y he sido igual que un barrilete,
al que un mal viento puso fin,
no sé si me falló la fe, la voluntad, o acaso fue
que me faltó piolín.

En amores sólo tuve decepción,
regalé por no vender mi corazón,
hice versos olvidando que la vida
es sólo prosa dolorida
que va ahogando lo mejor
y abriendo heridas, ¡Ay! la vida.
Hoy me aterra este cansancio sin final,
hice trizas mi sonrisa, mi ideal,
cuando miro un barrilete
me pregunto: ¿Aquél purrete
dónde está?

Yo quise ser un barrilete
buscando altura en mi ideal,
no sé si me falló la fe, la voluntad, o acaso fue
que me faltó piolín.
***

Eladia Blazquez

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33 ANTOLOGÍA LITERARIA MUNDIAL 33

 

Proximamente

 

 

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25/10/2015 (0:54): 125.960

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